Agua Cae

Las Clepsidras fueron los primeros relojes de agua que marcaron el tiempo gota a gota a medida que el líquido cae por el orificio de una vasija de cerámica de una base a otra; dando la noción de un tiempo líquido que fluye y deja tras de sí el vacío de un día agotado. Podría pensar que cada gota es una lagrima derramada por el día trascurrido que nos acerca más a la muerte; el reloj de agua refleja esa melancolía.

 

En el Hades, a diferencia de la finita caída de agua de las Clepsidras, las Danaides encerradas en el tártaro, día y noche, tratan inútilmente de llenar de agua un cántaro agujereado repitiendo este mismo gesto infinitamente (AGAMBEN, 2005, p. 31). La Clepsidra evidencia un tiempo que termina al vaciarse el agua y el cántaro de las Danaides, simboliza un tiempo que le pertenece a la eternidad marcado por la caída de agua. Entonces, es el agua una materia de tiempo que fluye; sustancia de muerte y eternidad. Ver el agua es vaciarse, derramarse, disolverse, algo se muere en nosotros con la caída.

 

En los relojes naturales de agua, cascadas y saltos de agua, la caída deja tras de sí un tiempo que se disuelve con la bruma hasta hacer desaparecer por completo el paisaje. Entonces existe algo que se le escapa al tiempo, es la bruma, el tiempo que no pesa y que ante la caída prefiere la levedad. Un tiempo ingrávido que se le escapa a la muerte, un tiempo que le pertenece a los sueños.

Pero cuando el agua se torna pesada no refleja el azul del cielo sino la oscuridad de su sombra, quien se refleje en ella podría contemplar la noche embebida que habita en las profundidades; pero la pesadez con la caída se disuelve, oxigena y purifica volviéndose etérea.

 

El cuerpo de agua con la caída se esfuma, sube lentamente al cielo oponiéndose a la caída; en su fluir gaseoso encuentra un devenir paisaje, es montaña y bosque suspendido en el aire, la nube nace de la condensación del agua, toma al mismo tiempo la forma de la montaña, nos entrega el blanco total. Un blanco en el que se encuentra todo el paisaje velado por la espesa bruma. Nos entrega el vacío como horizonte en la niebla donde todo está disuelto y el tiempo envuelve el paisaje dentro de un manto de humedad fría.